viernes, 21 de octubre de 2011

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Os invito a leer en él la nueva entrada: El poder de las palabras

miércoles, 19 de octubre de 2011

Jugar es aprender

Se corre el riesgo de considerar que porque el juego está relacionado con el tiempo libre y se trata de una actividad lúdica, la inversión de tiempo en este tipo de actividades resulta improductiva. Por el contrario, el juego ha demostrado ser de gran importancia para el desarrollo de los niños, como defiende el Informe “Juego, Juguete y Salud” de la Fundación Crecer Jugando.
 El juego simbólico (en el que se simulan situaciones y se representan papeles) es una actividad lúdica a través de la cual el niño puede poner en marcha muchos procesos de aprendizaje por medio de la representación de situaciones de la vida cotidiana y del mundo que le rodea. A través de este tipo de juego se puede aprender por imitación comportamientos que ha observado en otros modelos de conducta (como pueden ser los padres, otros adultos o sus propios iguales). Así mismo, en los juegos se pueden representar situaciones que obligan a los pequeños a generar e interpretar nuevos roles, a buscar soluciones para las situaciones que ellos mismos plantean, a ponerse en la situación del otro y a desarrollar habilidades sociales y emocionales (sobre todo cuando el juego es compartido)… En definitiva, los momentos de juego simbólico abren al niño la posibilidad de adquirir un gran número de habilidades de manera espontánea y económica (en la mayoría de ocasiones con pocas cosas basta para que el niño dé rienda suelta a su imaginación), sin tener que experimentar directamente todas las situaciones que en el juego simbólico se pueden simular.


Los Beneficios del juego para el desarrollo de los niños
Como vemos, “El Juego” es una actividad importante en el proceso de desarrollo, pues además de proporcionar momentos de placer y satisfacción para los niños (pues es algo que les expone a emociones positivas y a estímulos gratificantes), supone, como hemos visto, una vía para aprender estrategias de gestión de conflictos, una manera de ensayar habilidades de comunicación y resolución de problemas, una buena forma de liberar tensiones, una oportunidad para afrontar miedos de una manera más fácil… Y todo este conjunto de comportamientos pasarán a formar parte de su repertorio de conductas y podrán ser aplicadas posteriormente en la vida real. Es además uno de los mejores modos de empezar a tomar contacto con el mundo que rodea al niño y experimentar la realidad desde las edades más tempranas.

Está claro que no todos los juegos son de carácter simbólico, ni todos permiten el desarrollo de las mismas habilidades o capacidades, pero es importante entender que los momentos de juego son importantes para la maduración y el aprendizaje de los niños y hay que preservarlos. Prácticamente todos los juegos y todas las actividades lúdicas tienen aspectos positivos (siempre y cuando se establezcan las condiciones y límites adecuados para su uso y práctica) y permitirán generar situaciones para el aprendizaje de múltiples estrategias y habilidades (cognitivas, sociales, emocionales, motoras…
Como establece la OMS (Organización Mundial de la Salud), “la salud es un estado completo de bienestar físico, mental y social” y no la mera ausencia de enfermedad. En el caso de los niños, ese bienestar pasa, sin duda, por la preservación de momentos de carácter lúdico y distendido más allá de la mera actividad académica y “productiva”. Aunque si tenemos en cuenta todo lo aquí tratado, nos podemos dar cuenta de que el juego, lejos de ser una actividad “improductiva”, es productiva y mucho…

Referencias:
Puede encontrarse el Informe “Juego, juguete y salud”. Fundación Crecer Jugando. 2007, haciendo click aquí
En la web de la Fundación Crecer Jugando pueden encontrarse otros documentos de interés y una gran base de datos de juegos y juguetes clasificados por edades, tipología y valor educativo (Ludomecum)

lunes, 17 de octubre de 2011

Reducir la Migraña a través del ejercicio físico

“El ejercicio puede prevenir las migrañas igual de bien que los fármacos y las técnicas de relajación”, esta es la conclusión a la que ha llegado un estudio realizado por la Universidad de Gotemburgo (Suecia), dirigido por Emma Varkey.
Para el estudio se contó con la participación de 91 personas afectadas de migraña, que fueron seguidos durante tres meses. Los participantes fueron divididos aleatoriamente en tres condiciones experimentales: 1) A un tercio de los pacientes se les pidió que realizaran 40 minutos de ejercicio tres veces por semana, 2) A otro tercio se les pidió poner en marcha técnicas de relajación y 3) Al último tercio de participantes se les administró Topiramato, fármaco de referencia para el tratamiento de este tipo de problemas. Una vez terminada la intervención (de tres meses de duración) se establecieron sesiones de seguimiento que tuvieron lugar a los tres meses y a los seis meses de la finalización de la intervención, con el fin de corroborar el mantenimiento de los resultados.
La investigación permitió concluir que los tres tipos de intervenciones tuvieron un efecto reductor sobre la Migraña, mostrándose las tres alternativas igual de efectivas a medio y largo plazo. No obstante, lo más relevante de estos hallazgos es que estrategias como las técnicas de relajación y la realización de ejercicio físico, que no son tan invasivas como la toma de un fármaco, resultan eficaces para prevenir y reducir los episodios de migraña. Esto constituye una muestra más de cómo a través de nuestra conducta podemos introducir cambios en nuestro organismo, en nuestra salud y en nuestra calidad de vida. El ejercicio físico (así como el uso de técnicas de relajación) puede ser particularmente adecuado en aquellos casos en los que la persona no desea o no puede tomar los fármacos recetados.

¿Por qué resulta beneficioso para la Migraña el ejercicio físico?
La explicación se encuentra en los cambios neuroquímicos que suceden en nuestro cerebro como consecuencia de la realización de deporte. El hecho es que cuando realizamos actividad física y alcanzamos un ritmo cardíaco elevado, nuestro cerebro segrega una serie de neurotransmisores (elementos químicos), denominados Endorfinas, que tienen propiedades analgésicas, además de ser capaces de producir sensaciones intensas de bienestar y placer. El ejercicio físico permite activar los centros del cerebro responsables de las sensaciones de placer y de la analgesia de una manera menos nociva que a través de fármacos y drogas. Por poner un ejemplo, estos mismos centros también se activan cuando se consumen drogas opiáceas como el cannabis. Si bien, mientras que el consumo de estas drogas tienen efectos secundarios negativos, el ejercicio físico realizado con moderación y de manera adecuada, no sólo no los tiene, sino que además tiene beneficios asociados.
El Dr. Robert Duarte (director del Centro del Dolor del Sistema de Salud Judío North Shore-Long Island en Manhasset, Nueva York), muestra su apoyo a las conclusiones del estudio anteriormente citado y apoyándose en los efectos relajantes del ejercicio hace la siguiente recomendación: “Se debe aconsejar firmemente a los pacientes de migrañas que introduzcan un programa de ejercicio como parte de su programa de prevención de las migrañas".

martes, 11 de octubre de 2011

El coste de no invertir en Salud Mental

El 10 de octubre, se ha celebrado el día de la Salud Mental y como ya se introdujo en una entrada anterior, este año la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha querido poner énfasis en la inversión en prevención y tratamiento. Esto tiene aún más sentido en la época de crisis en la que nos encontramos inmersos, pues en lo relativo a la salud mental, mayor inversión se traduce en menor coste económico y por tanto en mayor ahorro para los países. No obstante, en países como España aún falta realizar ese cambio de mentalidad, para llevar a la práctica aquellas medidas que permitirían dar una atención mejorada a los problemas de salud mental, reduciendo así el coste económico que a largo plazo se deriva de una intervención deficitaria.

Los expertos nos ponen al corriente de el estado de la situación, quejándose de que si bien es cierto que se ha producido una mejora importantísima en el abordaje y la concepción de los trastornos mentales (pasando de los internamientos psiquiátricos a los tratammientos ambulatorios en Unidades Mentales, y del aislamiento del afectado a la integración en la sociedad), aún quedan muchos pasos que dar para lograr una intervención óptima que iría a favor de todos: De la sociedad por el ahorro que supondría y de las personas afectadas (familiares y pacientes), que verían mejorada su situación y su calidad de vida.

José María Sánchez Monge, presidente de FEAFES (Confederación Española de Agrupaciones de Familiares y Personas con Enfermedad Mental) se queja de que los recortes presupuestarios que están teniendo lugar pueden afectar seriemente la atención en salud mental. El problema radica en que cuanto más recortes, peores y menores servicios y menos personas podrán beneficiarse de ellos. Además, se corre el riesgo de que al reducirse precisamente el número de servicios, obligatoriamente se tenga que cambiar de un modelo de atención ambulatoria y continuada a un modelo centrado en la atención a las emergencias. Caer en este segundo modelo de intervención supondría descuidar, como Sánchez Monge dice, “aspectos considerados a veces "secundarios", pero que resultan indispensables, como son la prevención, la atención domiciliaria o la integración social”.

El riesgo que se corre al trabajar en función de un modelo de emergencia es llegar a lo que se llama “Síndrome de la puerta giratoria”, en referencia a pacientes que no dejan de salir de un ingreso hospitalario para volver a entrar. Este fenómeno es favorecido cuando no se ha ofrecido previamente una atención ambulatoria adecuada, de forma que precisamente se prevenga ese primer ingreso, permitiendo a la persona llevar una vida más o menos estable e integrada en sociedad. Cuando ya se produce un internamiento hospitalario por trastorno mental, la situación es más difícil de abordar (aunque no imposible) y genera mayor coste económico y mayor sufrimiento para el afectado y su familia. Lo más alarmante es que esta situación ya se empieza a detectar en algunas Comunidades Autónomas.

Los expertos e implicados reclaman no solo una mejora en la intervención, sino una extensión mayor de la misma, para que todo el que lo necesite pueda recurrir a ella. Defienden que no sólo se trata de un derecho fundamental, sino que además, la atención continuada dentro de la comunidad (a través de Centros de Salud Mental, Centros de Día, Centros de Rehabilitación Psciosocial…) resulta más económica a corto, medio y largo plazo que la limitada simplemente a "solucionar las crisis" (modelo de emergencia). Esto viene apoyado por datos como los proporcionados por la OMS, que a través de la puesta a prueba de diferentes programas ha constatado que al garantizar una atención continuada a las personas con enfermedad mental dentro de su comunidad, se reduce considerablemente el número de ingresos hospitalarios.

Los ingresos en hospital son la parte más costosa de todo tratamiento y al proporcionar una intervención continuada no sólo se estarían previniendo, sino que además se favorece que la persona goce cada vez de mayor autonomía y requiera menos servicios, convirtiéndose de esta forma en un ciudadano más activo e integrado, reduiéndo al mínimo posible la incapacidad que produce y el estigma social asociado.
La idea es que cada euro invertido en prevención serán euros ahorrados en el futuro, pues la detección e intervención temprana evita que el problema se agrave y permite tratamientos más cortos y eficaces, de manera que la persona no llegue a deteriorarse tanto en todos los sentidos, ni tampoco lo haga la familia.
En el sistema de salud de Reino Unido encontramos un buen modelo a seguir. Ya hace años (2006-2007) se plantearon el hecho de invertir en salud mental e incrementar el acceso a servicios de este tipo de manera rápida y generalizada. Así incorporaron la intervención psicológica en los servicios de Atención Primaria. Las razones eran las siguientes: Los costes económicos que suponía al Gobierno británico la falta de tratamiento de los trastornos mentales era de unos 17.500 millones de euros, relacionadas con la inactividad de las personas que se encuentran de baja y/o el pago de pensiones por incapacidad, los costes de los ingresos…; mientras que la puesta en marcha los dispositivos de terapia adecuados, suponía únicamente un coste de unos 900 millones de euros. De estos datos el Gobierno británico concluyó que las pérdidas por la falta de tratamiento adecuado de estas problemáticas, superaban las inversiones que debería llevar a cabo para poner en marcha los servicios de intervención adecuados. Las acciones emprendidas fueron lógicas: Mejorar los servicios de salud para dar soporte a las necesidades de la salud mental. En estos últimos años, los resultados han sido muy favorables, por lo que la inversión se sigue manteniendo.

En España por el contrario, pasa algo muy distinto, si bien existen leyes y acuerdos que bien podrían dar respuesta a las necesidades actuales en Salud Mental, estas no se aplican. Como explica Sánchez Monge, “En España no hace falta pensar en más leyes ni acuerdos, basta con terminar de cumplir los ya aprobados” y cita varios ejemplos: La Estrategia en Salud Mental del Sistema Nacional de Salud  (documento consensuado por todas las Comunidades Autónomas), supone una excelente guía para todas las actuaciones en este ámbito. Por su parte, La Ley de Autonomía Personal, si se desarrollara adecuadamente, permitiría a las personas con discapacidad resultante de una enfermedad mental integrarse mejor en la sociedad, en lugar de meramente recibir una atención paliativa.

lunes, 10 de octubre de 2011

Día Mundial de la Salud Mental

 Hoy, 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental, este año bajo el lema Invirtamos en salud mental”. Como explica la OMS (Organización Mundial de la Salud), el objetivo de estas celebraciones anuales es sensibilizar a la población acerca de los problemas de salud mental. Estos problemas, pese a ser de carácter psicológico, tienen en muchos casos repercusiones físicas y afectan a la salud, al bienestar y a la calidad de vida global del individuo. No obstante, reciben desde hace años mucha menos atención e inversión económica que otro tipo de problemáticas y enfermedades.

Con el lema de este año se busca promover la inversión en servicios de prevención, sensibilización y tratamiento, ya que los recursos económicos y humanos que se asignan a la salud mental están demostrando ser insuficientes, especialmente en los países con recursos escasos. Según cifras de esta organización, la mayoría de los países de ingresos bajos y medios dedican menos del dos por ciento de su presupuesto sanitario a la salud mental. Esto tiene como consecuencia una falta de tratamiento de los trastornos psicológicos y neurológicos.
Según la OMS, los trastornos mentales afectarán a una de cada cuatro personas adultas a lo largo de su vida en todo el mundo. Concretamente en España, entre el 2,5 y el 3% de la población tiene una enfermedad mental grave, (más de un millón de personas). Pese a estas cifras, la mayoría de los países no cuentan con el número de especialista adecuados para intervenir en estos problemas, lo que provoca que sólo una parte de la población tenga acceso a estos servicios, lo que por otro lado, supone una vulneración del derecho de toda persona a recibir asistencia sanitaria y un apoyo social adecuado.
La OMS concluye que hay que aumentar la inversión en salud mental y dirigir los recursos disponibles hacia servicios más eficaces. No obstante, esto implicaría realizar muchos cambios en la organización actual de los Servicios de Salud Mental. En España, la asistencia de este tipo de problemas se proporciona desde los servicios especializados: Los Centros de Salud Mental. A los cuales sólo se puede acceder previo paso y recomendación del médico de Atención Primaria. No obstante, en Atención Primaria no se proporciona ningún tipo de intervención, más allá de alguna medicación, en ciertas ocasiones, lo que es un recurso paliativo, que en la mayoría de ocasiones ayuda, pero no resuelve el problema. De esta manera aquellos que salen de la consulta de AP ya medicados, no tienen la posibilidad de recibir un apoyo de tipo psicológico que les ayude a solventar las dificultades que han ocasionado el problema (a menos que lo busquen fuera de la Sanidad Pública); por otro lado, aquellos que sí logran una derivación, se encuentran con los servicios de Salud Mental totalmente colapsados, con listas de espera de semanas y con la imposibilidad de recibir un tratamiento y seguimiento adecuado.
Esta situación en la especialidad de salud mental obliga a que las intervenciones dentro de este servicio no tengan la calidad y los resultados que deberían tener. A esto se une el hecho de que en este tipo de servicios el número de psicólogos sea muy reducido (claramente superado por el número de psiquiatras). El estatus de la cuestión determina que la mayoría de personas que acuden a estos centros reciban un tratamiento psiquiátrico (una medicación), pese a que en muchas ocasiones su problemática requeriría más bien de una intervención psicológica que ayudase a la persona a adquirir los recursos para afrontar su situación vital (y que esta no se perpetúe). Lo que ocurre es que la intervención psiquiátrica resulta más cómoda y rápida a corto plazo (aunque no a largo plazo, como ha sido demostrado, ya que no solventa la “raíz” de los problemas que llevan a la persona a buscar tratamiento, lo que perpetúa dicho estado y a la larga repercute en mayor gasto para la sanidad.), ya que a la persona se le proporciona una pastilla en función de sus síntomas y al cabo de un tiempo se le cita para revisar la situación. De este modo ya no puede haber queja de falta de intervención, pero el problema radica en que dicha intervención no es la más adecuada.
Recetar una pastilla es mucho más rápido que iniciar una intervención psicológica, que exige en primer lugar una buena evaluación con la persona tanto de lo que le ocurre como de las condiciones de vida que circunscriben el problema y en segundo lugar,  un trabajo activo de la persona con el objetivo de superar su problema. La intervención psicológica parece por todo esto más costosa, pero los datos avalan que ha demostrado ser a la larga más efectiva. Por ejemplo, según el informe presentado hace tres años por el Grupo de Política de Salud Mental del Centro de Actuaciones Económicas de la Escuela de Economía de Londres (The Centre for Economic Performance’s Mental Health Policy Group, London School of Economics), la intervención psicológica debería ofertarse a todas las personas que tienen depresión y ansiedad, dado que es eficaz y preferible frente a la prescripción de fármacos. Tal y como explica este informe, si bien a corto plazo la terapia y el uso de fármacos presentan una eficacia similar, a largo plazo es la terapia psicológica la que ha demostrado que mantiene mejor sus efectos.
Los datos anteriores irían en la línea de que los tratamientos farmacológicos muchas veces ayudan (y por supuesto, pueden ser una buena ayuda al tratamiento psicológico paralelo cuando los problemas son serios y no permiten trabajar únicamente a través de una intervención psicológica), pero por sí mismos, a la larga no solucionarían el problema porque no intervienen en su raíz, lo que contribuye a perpetuar la situación de la persona y a generar descontentos entre la población con el tipo de intervención.
En muchas ocasiones es la propia persona la que llega al Centro de Salud demandando asistencia psicológica y el problema en este caso es que, debido a la falta de psicólogos en el Sistema de Salud Español, (se requiere aprobar una oposición para la que apenas ofertan plazas), no se le puede proporcionar una intervención con la duración, seguimiento y calidad adecuada.
En días como hoy deberíamos reflexionar sobre este problema, y sobre todo, las autoridades pertinentes, deberían plantearse algún cambio, pues a la larga, como los propios datos demuestran, una mejor intervención en los problemas de salud mental radicarían en una reducción del gasto económico en bajas laborales y pensiones de incapacidad, así como en los propios tratamientos farmacológicos tanto psiquiátricos como de otro tipo de problemáticas físicas relacionadas con las problemáticas psicológicas….

jueves, 6 de octubre de 2011

Lo que hacemos repercute en nuestro cerebro

Del mismo modo que nuestros comportamientos y nuestros hábitos de vida afectan a nuestra salud física y orgánica, nuestro cerebro, como un órgano más de nuestro cuerpo, también se ve afectado por nuestros comportamientos y hábitos cotidianos. Esta repercusión de la conducta sobre el cerebro puede ser tanto en positivo como en negativo.
¿Cómo se explica que a través de la conducta se modifique el cerebro?
 El cerebro está formado por un gran conjunto de células llamadas neuronas. Las neuronas son capaces de trasmitir información entre sí en forma de impulsos eléctricos y de elementos químicos (los neurotransmisores). Pero para trasmitir información, las neuronas deben establecer conexiones unas con otras, de modo que estos impulsos eléctricos y químicos, puedan ir avanzando a través de ellas.
Cuando venimos al mundo, lo hacemos desprovistos de todo aprendizaje. Sólo disponemos de unos cuantos reflejos muy básicos (innatos, no aprendidos) a través de los cuales empezamos a conocer el mundo. Cuando nacemos las neuronas en nuestro cerebro aún están algo inmaduras y desconectadas entre sí (sobre todo las de las zonas corticales superiores, responsables de los comportamientos complejos, no reflejos). Tan sólo esas vías reflejas están maduras y es a través de esos pocos reflejos como empezamos a tener las primeras experiencias de aprendizaje. Esas experiencias de aprendizaje posibilitan que las neuronas empiecen a establecer conexiones unas con otras para posibilitar cada vez movimientos más complejos y coordinados, que responden cada vez más a las planificaciones del bebé. Más adelante se aprenderá a imitar gestos, a emitir los primeros sonidos y a articular las primeras palabras…hasta hacernos capaces de organizar frases, aprender secuencias de movimientos complejas, desarrollar razonamientos, tomar decisiones y todo el conjunto de habilidades complejas de las que los humanos hacemos gala.
Es el contacto con el ambiente lo que posibilita que el cerebro vaya teniendo forma (estableciéndose conexiones específicas en cada persona), de manera que el tipo de habilidades que aprendamos estará siempre en función del tipo de estimulación y experiencias de aprendizaje a las que hayamos estado expuestos. No obstante, del mismo modo que para aprender algo y que ese aprendizaje quede plasmado en el cerebro (a través de una serie de circuitos neuronales) hay que estar expuesto a las mencionadas experiencias de aprendizaje, para modificar o eliminar esos aprendizajes, hay que verse expuesto a experiencias de aprendizaje diferentes, dejar de practicar aquellos comportamientos aprendidos o que estos dejen de ser útiles o beneficiosos (y por tanto no merezca la pena repetirlos).
Toda conducta aprendida puede consolidarse y pasar a formar parte de nuestro repertorio comportamental y a medida que dicho comportamiento se continúe emitiendo, puede automatizarse, sobre todo cuando se trata de secuencias conductuales que siempre se realizan de la misma manera o ante los mismos estímulos. Podemos automatizar desde el modo de conducir y el montar en bici hasta la tendencia a comer rápido y el hábito de fumar un cigarrillo al terminar de comer, entre otras muchas cosas… El haber automatizado una conducta quiere decir que su emisión cuesta poco trabajo, desencadenándose de manera casi inmediata, con escasa dificultad y siempre de la misma manera cuando aparecen determinados estímulos asociados a la conducta. Esto a nivel neuronal supone que dichas conductas están representadas por circuitos neuronales que han establecido conexiones muy fuertes a base de la repetición de dichos actos de manera frecuente y siempre del mismo modo. Las conexiones neuronales fuertes favorecen que la información para la acción “viaje” rápidamente a través de esa red de neuronas cuando aparecen los estímulos convenientes, traduciéndose de manera rápida en la conducta, exigiendo poca atención y escaso coste de recursos.
 No obstante, el que una secuencia conductual, como puede ser conducir, se automatice, no quiere decir que no podamos introducir modificaciones o que no podamos volver a convertirla en un acto “consciente” (objeto de nuestra atención). Para ello sólo hay que volver a hacer el esfuerzo de reparar en lo que estamos haciendo. Por ejemplo, si vamos conduciendo y escuchando la radio, es probable que si dominamos la conducción y además conocemos el trayecto, podamos enterarnos de lo que por la radio se cuenta sin problemas. Sin embargo, si ese día nos vemos obligados a modificar nuestro trayecto, es posible que tengamos que destinar más recursos y atención al acto de conducir e incluso la radio se convierta en un distractor. Del mismo modo, cuando hemos adquirido la costumbre de fumar un cigarro después de comer, probablemente realizaremos la conducta de sacar el cigarrillo cuando llegue ese momento, y experimentaremos  ganas cuando se de esa situación y no tengamos uno a mano. Pero todo hábito y toda conducta, por muy automatizada que esté, puede ser objeto de cambio de igual modo que ha sido objeto de aprendizaje. Esto se debe a que el cerebro tiene una gran plasticidad a la hora de establecer y modificar conexiones, aunque, eso sí, cuanto más consolidada esté la conducta y mayor haya sido la repetición de la misma, más costará modificarla.

Hasta aquí se ha hecho un breve resumen de cómo se aprende y consolida una conducta y como este aprendizaje tiene un correlato neurológico a través de una serie de circuitos neuronales, en los que las neuronas estarán más o menos conectadas y más o menos activas en función del grado de repetición de dichas conductas.
¿Qué repercusiones puede tener nuestra conducta en el cerebro?
Nuestro comportamiento puede afectar al cerebro de dos maneras. Una de ellas ya la hemos visto: Cuando aprendemos algo, ese aprendizaje queda plasmado en una serie de circuitos neuronales y el tipo de conexiones que se establecen dependerán del tipo de experiencias de cada persona. De esta manera, la configuración cerebral a nivel de circuitos es específica de cada persona (al margen de las similitudes generales de la morfología cerebral). Una segunda manera de producir cambios en el cerebro es por medio de nuestros hábitos de vida y salud: el tipo de dieta, la realización de ejercicio, el consumo de tóxicos… Todos estos comportamientos pueden tener una repercusión en el funcionamiento del cerebro como órgano, tanto a nivel vascular, como a nivel de procesamiento. Por ejemplo, el consumo excesivo de ciertas sustancias como el colesterol, la sal, el alcohol o el tabaco pueden ocasionar daños vasculares que a su vez pueden derivar en ictus cerebrales y microinfartos, que pueden deteriorar el procesamiento cerebral e incluso favorecer la aparición de lesiones o demencias. Por otro lado, el consumo de tóxicos además de trastocar el procesamiento de la información como resultado de los efectos de la sustancia activa, también puede a la larga repercutir en capacidades como la memoria, la coordinación motora, la capacidad de razonamiento y planificación, el control de impulsos…

No obstante, no sólo es necesario cuidar nuestros hábitos de vida, sino también ejercitar nuestro cerebro para mantenerlo activo y en un funcionamiento óptimo, conservando esa capacidad de aprender y ejecutar, que con el tiempo puede irse deteriorando. Acabamos de ver cómo el cerebro es moldeado por nuestras experiencias de aprendizaje y cómo a través de la práctica de todo lo aprendido (tanto a nivel de comportamiento como a nivel de uso de conocimientos) los circuitos cerebrales se mantienen activos y fuertemente conectados. De la misma manera que hacemos ejercicio para mantener el cuerpo sano, una mente activa asegura la creación de conexiones neuronales, lo cual ha demostrado ser un buen paliativo para la pérdida de capacidades cognitivas con la edad o para el daño que puede producir una demencia como puede ser el Alzheimer.

Pero… ¿Qué hay que hacer para mantener el cerebro sano?
Además de cuidar nuestros hábitos de salud para que no repercutan de manera negativa en el cerebro, debemos mantenerlo activo y esto puede hacerse de una manera muy simple, pues a través de las propias actividades cotidianas e incluso a través de entretenidos ejercicios como los pasatiempos, la lectura o los juegos de razonamiento podemos contribuir a ejercitar la llamada “materia gris”.

viernes, 30 de septiembre de 2011

El error de sobreproteger a los hijos

Es frecuente que las personas, cuando se enfrentan al gran reto de ser padres, experimentan gran cantidad de dudas: ¿Seré buen padre?, ¿Qué debo hacer para educar bien a mis hijos?, ¿Cómo puedo trasmitirles los valores que quiero?, ¿Cómo enseñarles el modo de comportarse adecuado?, ¿Cómo eliminar los comportamientos inadecuados y regañarles cuando es preciso sin convertirme en un “ogro”?, ¿Cómo ganarme su confianza y al mismo tiempo hacerme respetar?...
 Ciertamente todas estas cosas son importantes a la hora de educar a los hijos y establecer una buena relación de confianza, apoyo y respeto mutuo. Es normal que todas estas dudas puedan sobrevenir a un padre en algún momento. Cuando se tiene un hijo, la mayoría de los padres tratan de buscar lo que cada uno considera mejor para él, y actuar del modo que creen más adecuado. Pero en esta toma de decisiones, a veces, los padres, sin ninguna intención de hacer mal a sus hijos, no eligen lo que es más recomendable para ellos, ni actúan del modo más beneficioso para su desarrollo. Esto ocurre por ejemplo, cuando se es demasiado sobreprotector con un hijo.

La sobreprotección se traduce en una serie de comportamientos de los padres hacia el hijo que limitan la libertad de éste a la hora de tener experiencias con su entorno y que buscan evitar la experimentación por parte del hijo de consecuencias negativas tanto emocionales como físicas (Ej. No dejarle hacer ciertas cosas para prevenir que le pase algo, no dejarle jugar a ciertos juegos por temor a que se haga daño, controlar en exceso donde está, acompañarle en cada momento, resolver todas las dificultades que tenga y consentir todo aquello que quiera para evitar que experimente emociones negativas…). Además, todos estos comportamientos tienen una contrapartida en los padres, y es que, a través de ellos, los propios padres logran apaciguar sus inseguridades y temores y evitan, ellos también, experimentar emociones negativas. Si su hijo no se expone a lo que los padres consideran “fuentes de peligro”, ellos evitarán experimentar la intranquilidad que esa situación les generaría. Del mismo modo, si consienten todo lo que el niño quiere y resuelven todas las dificultades que el niño experimenta, evitan lo desagradable que es tener que decir que no y privar al hijo de algo que desea, así como evitan también asistir a una rabieta y ver al niño mostrar emociones negativas como el llanto y la tristeza… De esta manera las conductas sobreprotectoras se mantienen por dos factores: 1) Evitan consecuencias negativas para el niño y 2) Evitan situaciones negativas para los padres.

Pero, no olvidemos que esto tiene otra consecuencia está vez perjudicial para el desarrollo del niño: Se está privando al niño/a de experiencias de aprendizaje, ya que además de estarle privando e experiencias negativas, también se le puede estar privando de experiencias positivas, y ni que decir tiene que de lo negativo también se aprende y son este tipo de experiencias las que permiten a las personas ir desarrollando habilidades de afrontamiento para su día a día. Entre estas habilidades se encuentran la “tolerancia a la frustración”, las capacidades para resolver los propios problemas, las habilidades para gestionar adecuadamente las emociones positivas y negativas, la capacidad de aplazar la obtención de las cosas que deseamos (pues no todo se puede tener en el momento en que uno quiere)…
Es a través de la experiencia como las personas empezamos a desarrollar nuestro conocimiento sobre el mundo (las contingencias que los rigen) y el repertorio de conductas y de habilidades de afrontamiento que nos permitirá ser cada vez más autónomos e ir superando progresivamente las situaciones y dificultades que nos deparará la vida. A través del contacto con su entorno, el niño va aprendiendo desde pequeño que conductas son apropiadas en un momento dado y cuáles no. En ocasiones el niño hará algo inadecuado y recibirá consecuencias negativas por ello (bien una reprimenda o bien una consecuencia física negativa como por ejemplo, recibir un azote en la mano cuando trata de meterse a la boca algo que no debe). En otras ocasiones, las consecuencias de su conducta serán positivas (por ejemplo, si desea agua y lo pide, el niño verá calmada su sed; si presiona el juguete que le han regalado oirá un sonido que le gustará; si se come toda la comida, se le llevará al parque).
Como regla general, aquellas conducta que reporta consecuencias positivas tenderán a repetirse, y aquellas que conllevan consecuencias negativas se eliminarán. Esta es la manera como aprendemos las personas, la única diferencia es que el tipo de conductas que estamos preparados para adquirir es cada vez más complejo a lo largo de nuestro desarrollo vital. Pero es necesario tener experiencias con el mundo para que estos aprendizajes cada vez más complejos puedan producirse.
De igual modo que aprendemos contingencias básicas como que cuando nos llevamos algo del suelo a la boca, mamá o papá nos regañará o que cuando no nos comemos todo el plato, no tendremos postre… también empezamos a aprender qué cosas nos gustan y nos causan emociones positivas y cuáles no. Por ejemplo, cuando nos subimos al tobogán y nos lanzamos por él, podemos experimentar una emoción agradable pese a que el tobogán está alto y si no tenemos cuidado nos podemos caer; al jugar con la arena nos lo podemos pasar muy bien, pese a que nos pondremos manchados y podemos estar expuestos a muchos gérmenes… Al privar a los niños de experiencias de aprendizaje estamos limitando su contacto con situaciones desagradables, pero también con las agradables y estaremos limitando por tanto, la posibilidad de beneficiarse de todas esas ricas experiencias, que les permitirán además de ser más capaces y autosuficientes el día de mañana, conocerse cada vez más, saber lo que les gusta y lo que no… Si no experimentan lo negativo, difícilmente aprenderán de ello y tendrán la capacidad de sobreponerse a esa emoción; si no experimentan lo positivo, no disfrutarán de esa experiencia, no aprenderán a valorar esas cosas y momentos, ni pondrán en marcha conductas para volver a experimentarlo.
Es necesario que el niño o niña, desde que viene al mundo esté expuesto a las experiencias apropiadas para su edad para que vaya adquiriendo de manera espontanea aquellos comportamientos y capacidades que resultan adecuados para su nivel de desarrollo. Eso sí, siempre con un grado de control apropiado por parte de los padres y otras figuras de referencia, que ni le prive de esas experiencias necesarias para crecer, conocer cómo se organiza el mundo y ganar en autonomía, ni le exponga sin protección a aquellas situaciones que le podrían dañar y para las que aún no está preparado para afrontar.


*En relación a este tema les animo a consultar un “cuento para padres” que les ayudará a reflexionar sobre los efectos negativos que puede tener la sobreprotección de los padres hacia los hijos. El cuento se titula Nubecilla, y ha sido escrito por Víctor Gómez.


jueves, 29 de septiembre de 2011

Día Mundial del Corazón

 Hoy 29 de septiembre, se celebra el Día Mundial del Corazón. Un año más, la Federación Mundial del Corazón realiza sus esfuerzos para aumentar la conciencia de la población sobre la importancia de los problemas cardiovasculares, causantes de un gran porcentaje de muertes prematuras y la primera causa de muerte en el mundo (17 millones de personas al año), según informes recientes de la OMS (Global status report on noncommunicable diseases, 2011). La Federación defiende que la gran mayoría de esas muertes podrían ser prevenidas si se controlan los principales factores de riesgo para su desarrollo, entre los que enumeran: 1) el consumo de tabaco y alcohol, 2) unos hábitos alimentarios no saludables y  3) una vida sedentaria. Por ello, este año hace un especial énfasis en el concepto de Prevención, tratando de promover aquellas acciones que contribuyan a reducir o eliminar la presencia y el impacto de los mencionados factores de riesgo en la vida de las personas.
Invertir en prevención reduciría el enorme impacto social y económico para los países que tiene esta problemática. Por este motivo los principales líderes mundiales  están de acuerdo en que la puesta en marcha de medidas de prevención y control de los trastornos cardiovasculares es una necesidad urgente. Además, el hecho de invertir en campañas de prevención también tendría un efecto positivo sobre otras enfermedades no contagiosas como el cáncer, los trastornos respiratorios crónicos, la diabetes…, quienes comparten los mismos factores de riesgo. Por estas razones en la Cumbre Mundial sobre Enfermedades No Contagiosas, que tuvo lugar del 19 al 21 de septiembre de 2011, se trató de llamar la atención de la Comunidad Mundial sobre estas patologías con el fin de frenar su avance, logrando finalmente un acuerdo Global  que buscará situar las estrategias de Prevención en un lugar prioritario en las políticas de salud.
Si bien este es un paso importante, que sin duda será de gran ayuda, la Federación Mundial del Corazón advierte que los compromisos mundiales no son suficientes para atajar el problema, sino que son necesarios también los cambios individuales a nivel ciudadano. Es decir, lo que hay que conseguir es un cambio en los estilos de vida y los hábitos de conducta de las personas en relación al consumo de tabaco y otras drogas, a la alimentación, a la realización de ejercicio, al sueño, al trabajo…
 Los ciudadanos tienen una capacidad importante para reducir la incidencia de este tipo de trastornos modificando ciertas conductas de riesgo (cuidando una dieta equilibrada, realizando ejercicio físico diario y abandonando el consumo de tabaco… por ejemplo). Si se realizaran estos cambios a nivel ciudadano, se estima una reducción del 80% de las muertes prematuras por infarto y trastornos cerebrovasculares, como resultado. ¡¡Parece que merece la pena intentarlo!!.
La Federación Mundial del Corazón es muy consciente de esto y ha iniciado este año una campaña con el lema "un mundo, un hogar y un corazón", centrada en promover hábitos de vida saludables en la población general, un granito más de arena que se suma a los esfuerzos que ya vienen realizando otras organizaciones como la OMS o las Naciones Unidades.
Todas estas campañas ponen de manifiesto el importante papel de la psicología de la salud en el diseño de las políticas sanitarias y destacan el papel de los psicólogos en la promoción de hábitos saludables y la modificación de aquellos problemáticos con el fin de desarrollar factores de protección y reducir o eliminar factores de riesgo. Como expertos en el análisis y el cambio de conducta, los psicólogos han contribuido en el abordaje de estos problemas a través de la elaboración de manuales y protocolos de intervención (ej. para abandonar el consumo de tabaco),  el diseño de programas de educación para la salud entre los escolares (ej. para promocionar la práctica del ejercicio físico y una alimentación adecuada) o los programas de intervención para la hipertensión esencial, ente otras acciones.
Además de las contribuciones de la psicología a las estrategias de acción comunitarias, también a nivel de consulta privada, los psicólogos pueden ayudar y ayudan cada día a muchas personas a modificar comportamientos inadecuados y perjudiciales para la salud y a aprender en su lugar, conductas más adecuadas, que con la práctica, puedan convertirse en nuevos hábitos de vida que sustituyan los anteriores. En estos cambios juegan un papel importante los principios de aprendizaje que el psicólogo sabe poner en marcha para favorecer la aparición de las nuevas conductas, garantizar su repetición y procurar su mantenimiento en el tiempo. El cambio de hábitos no es fácil, pero es posible. Si además se utilizan ciertas estrategias y apoyos, que el psicólogo sabe poner en juego, el cambio será mucho más fácil de emprender y mantener. Una vez los nuevos hábitos sean adquiridos y se empiecen a experimentar los beneficios que conlleva el nuevo estilo de vida, con el tiempo serán más fáciles de mantener. La clave está en saber sustituir los refuerzos y gratificaciones que las anteriores conductas inadecuadas reportaban (el tabaco, la vida sedentaria, la comida poco sana...) por otras gratificaciones y beneficios que conlleva el nuevo estilo de vida.

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domingo, 25 de septiembre de 2011

El modo en que pensamos afecta a la salud

“Pensar en el pasado de manera negativa deteriora la salud”. Esta es a grandes rasgos una de las conclusiones de un estudio recientemente realizado por los psicólogos Cristián Oyanadel y Gualberto Buela-Casal, profesores de psicología e investigadores en la Universidad de Granada (UGR) y publicado en la revista Universitas Psychologica.
El estudio, llamado “La percepción del tiempo: influencias en la salud física y mental”  tenía como objetivo clarificar de qué manera influye la actitud de las personas hacia los acontecimientos vitales pasados, las vivencias presentes y las expectativas futuras, en la percepción de la salud física y la calidad de vida. Para ello los autores han evaluado a un total de 50 personas (25 varones y 25 mujeres entre 20 y 70 años) elegidas al azar, a las que aplicaron un test para la evaluación de su actitud ante el pasado, el presente y el futuro y un cuestionario para evaluar el grado de calidad de vida y salud percibía. De esta manera, los investigadores podían correlacionar las distintas actitudes ante la vida con el grado de salud y calidad de vida percibido. Los resultados permitieron clasificar a los participantes en tres perfiles “temporales”: 1) Predominantemente Negativos, 2) Predominantemente orientados hacia el futuro y 3) Equilibrados.  
Los “Predominantemente Negativos” son personas que recuerdan de manera negativa los acontecimientos vividos en el pasado y así mismo son, por lo general, personas que tienden a tener una visión igualmente negativa del presente y pesimista hacia el futuro. Lo que se ha comprobado es que éste tipo de personas presentan los peores indicadores en calidad de salud, reportan tener mayores problemas en sus relaciones sociales, experimentan más dificultades para esforzarse físicamente en actividades cotidianas y más limitaciones físicas para el rendimiento en el trabajo. Además perciben mayor dolor corporal, tienen mayor predisposición a enfermar y presentan mayor tendencia a estados depresivos, ansiosos y alteraciones conductuales en general, como han explicado los investigadores.
Por el contrario, los otros dos perfiles muestran una relación diferencial con la calidad de vida y grado de salud reportado. En el caso de las personas “Predominantemente orientadas al futuro”, no tienen mala salud física y psicológica, pero ésta parece ser de menor calidad que la de las personas del grupo “equilibrado”. La razón de estas diferencias parece ser que, aunque son personas con predisposición a trabajar por cumplir sus metas y exigencias personales, lo que puede resultar muy gratificante y motivador, en ocasiones lo hacen olvidándose de vivir las experiencias agradables presentes y parecen tener también con poca conexión con sus experiencias pasadas positivas. A diferencia de estos, las personas que muestran un perfil “equilibrado” muestran una actitud más estable en los tres momentos temporales (pasado, presente y futuro), correlacionándose esto con un mejor estado de salud. Se trata de personas que aprenden positivamente de las experiencias pasadas, se orientan al cumplimiento de metas en el futuro, pero no descuidan el disfrute de las emociones y experiencias agradables y placenteras que puedan acontecer en el presente. Los resultados también demuestran que este tipo de personas puntúan más alto en capacidades de esfuerzo físico, salud mental general, y más bajo en tendencia a enfermar y percepción de molestias o dolores corporales.
Los resultados parecen llevar a concluir que efectivamente, el modo en que las personas percibimos las vivencias del pasado y los acontecimientos de nuestro momento presente y la actitud que mostremos hacia el futuro influye en el modo en que afrontamos las experiencias de la vida, tanto a nivel emocional como en el tipo de conductas que emprendemos para hacer frente al día a día cotidiano. Inevitablemente, nuestro estado emocional y los comportamientos que emitimos, repercuten de alguna manera en nuestro estado de salud, ya que no debemos olvidar que lo físico y lo psicológico forman un todo cuando hablamos de SALUD en sentido global.
No obstante debemos tener en cuenta que estos son resultados generales y que no tienen por qué replicarse en todas las personas. No todos aquellos que han tenido experiencias vitales negativas en el pasado necesariamente conservan una actitud negativa que se plasme en su actitud hacia el presente y en sus expectativas de futuro. Algunas personas son capaces de superar los acontecimientos negativos del pasado, aprender de ellos y desarrollar habilidades de afrontamiento. Del mismo modo que la “Desesperanza” (ese modo de pensar y describirse de manera negativa la vida y el futuro) se aprende como resultado de la exposición y vivencia de experiencias negativas, también se aprende el “Optimismo”, definido como un modo positivo de describirse los acontecimientos del presente y lo que acontecerá en el futuro.
¿Cómo se explica que el modo de pensar influya en nuestra salud física y mental?
Para entender estos resultados lo primero que hay que explicar es que nuestra salud física y psicológica es resultado del modo en que interactuamos con nuestro entorno, es decir, depende del modo en que nos comportamos y del tipo de conductas que emitimos; en definitiva, depende del “Estilo de Vida” que construimos.
El Estilo de Vida puede definirse como el tipo de hábitos que hemos incorporado en nuestro repertorio de conductas en lo relativo a la alimentación, al deporte, al trabajo, al ocio, a las relaciones sociales y familiares y a los demás comportamientos relacionados con la salud y la calidad de vida… El estilo de vida depende también de la cantidad de tiempo que dediquemos a cada una de estas facetas y de la importancia que le demos. Pero el estilo de vida no sólo es función de nuestros actos observables, sino que también lo es del modo en que pensamos y nos describimos los acontecimientos de la vida (tanto aquellos por los que hemos pasado, como los del momento presente y aquello que anticipamos para el futuro). El modo en que nos describimos la vida, el tipo de palabras y adjetivos (positivos o negativos) que utilizamos en esas descripciones, influye además de una manera directa en nuestro estado anímico y en el tipo de emociones que experimentamos ante los diferentes acontecimientos. Y no solo eso, sino que además, el modo en que nos describimos los hechos influye en el tipo de conductas que decidimos poner o no poner en marcha para afrontar esos acontecimientos, es decir, influye en el modo en que afrontamos las circunstancias vitales presentes y futuras.
La influencia de lo que pensamos (la conducta cognitiva) en las emociones y acciones que emitimos (conducta observable) ha sido puesta de manifiesto por diversas investigaciones psicológicas. Otras investigaciones muestran evidencia de cómo cambiando lo que pensamos (cambiando el modo en que describimos las cosas) podemos cambiar el modo de sentirnos y el modo de actuar.
En base a lo anterior, una persona que se describe sus circunstancias vitales de manera negativa, es probable que no tenga ganas ni haga esfuerzos por emprender conductas que puedan llevarle a la consecución de metas y objetivos, también es probable que no ponga en marcha conductas de cuidado para su salud porque no se plantea los beneficios que este tipo de conductas le pueden reportar de cara al futuro. El mantener un estilo de pensamiento negativo en el día a día repercutirá en el modo en que se valoran los acontecimientos, de manera que pueden no percibirse los aspectos positivos y por el contrario, percibirse en exceso los negativos (fenómeno llamado “Atención Selectiva”), que vienen a confirmar ese estilo de pensamiento y a consolidarlo cada vez más. De esta manera se forma un círculo en el que cada vez esa forma de pensar se va haciendo más “aprendida” y se convierte en “Nuestro modo de pensar” ante la vida. Ese modo de pensar se traduce en un modo de hacer y de sentir, y puesto que hemos visto que lo que hacemos (nuestros hábitos y comportamientos) y nuestras emociones repercuten en nuestra salud física y mental, es comprensible que finalmente puedan aparecer problemas que deterioren nuestra calidad de vida.
Si por el contrario tenemos una visión positiva de la vida, estaremos más felices, percibiremos más la parte positiva de las cosas, disfrutaremos más de ellas y seremos más proclives a emprender conductas que nos repercutan de manera positiva porque seremos capaces de anticipar sus beneficios, no sólo inmediatos, sino también aquellos que nos pueden llegar más a largo plazo.
El “pesimismo” y el “optimismo” no son una característica con la que se nace, sino un modo de describir los acontecimientos que vamos aprendiendo (desarrollando y haciendo nuestro) a lo largo de la vida. Si la vida nos depara experiencias negativas, las personas podemos cometer el error de generalizar la anticipación de resultados negativos a otras experiencias vitales y de este modo sesgar o teñir nuestras expectativas respecto al presente y al futuro sin que haya una base real para ello (más allá que la experiencia negativa vivida, la cual no tiene por qué volver a repetirse). Se trataría por tanto de lo que se denominan en psicología “ideas irracionales”, puesto que lo que describen o anticipan no se basa en evidencias reales. Este tipo de ideas tiene una influencia directa, como ya hemos visto, en las emociones y en las actuaciones. Si por el contrario no hacemos estas anticipaciones negativas y valoramos las situaciones de manera equilibrada, ajustándonos a la realidad y confiando en la posibilidad de obtener resultados positivos, probablemente nos sentiremos mejor y estaremos en mayor disposición de emprender cosas que, pese a ser costosas inicialmente, nos puedan reportar gratificación en el futuro (Ej. esforzarse por hacer deporte para mejorar la salud, dejar de fumar, poner en marcha un proyecto que teníamos en mente, seguir una dieta para bajar de peso…).
Las circunstancias de la vida no están muchas veces bajo nuestro control pero lo que sí que podemos controlar es nuestra conducta (el modo en que pensemos y actuemos). De ello dependerá como nos sintamos, nuestro estado de salud global y nuestra calidad de vida.

Referencia bibliográfica:
Oyanadel, C. y Buela-Casal, G. (2011): “La percepción del tiempo: influencias en la salud física y mental”. Universitas Psychologica 10(1): 149-161, enero – abril.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Padres e Hijos en Conflicto

Los días 22 y 23 de septiembre ha tenido lugar en Madrid el “Congreso Internacional de padres e hijos en conflicto”, organizado por la Asociación para la Gestión de la Integración Social (GINSO) y la Sociedad Española URRAINFANCIA, que en colaboración, han puesto en marcha el programa “Recurra”, que pretende dar respuesta a la carencia existente actualmente en el ámbito asistencial español en lo relativo al tratamiento y ayuda a las familias que viven el problema del maltrato filio-parental (de los hijos hacia los padres) dentro de su hogar.
El congreso ha contado con la asistencia de grandes profesionales del campo que han hecho sus aportaciones tanto desde el terreno de la psicología, pedagogía y educación, como desde el terreno de los medios de comunicación y las propias asociaciones de padres, pasando por abogados y representantes de los servicios asistenciales públicos. La gran mayoría, sino todos los colectivos de alguna manera implicados en el análisis y la intervención de esta problemática, han tratado de clarificar con el aporte de su experiencia el estado de la cuestión desde su propia perspectiva.
El maltrato filio-parental es una problemática que ya emergió como tal hace años, pero que ha ido en aumento en los últimos tiempos, y en la que apenas lleva investigándose unos cuantos años. Siempre han exisitido conflictos dentro de las familias, pues es algo connatural a la crianza de los hijos y al desarrollo de las relaciones padres-hijos, entre los que se establecen diferencias generacionales, de estatus, de intereses, de deberes y responsabilidades… que favorecen el que en ocasiones se creen discrepancias. No obstante, es en los últimos tiempos cuando los conflictos están adquiriendo una dimensión diferente y más grave, convirtiéndose en un nuevo problema social que requiere ser atendido, estudiado e intervenido. Desde hace algunos años se ha empezado a oir algo más sobre el tema en los medios de comunicación, que ya nos tenían, sin embargo, acostumbrados a escuchar acerca del maltrato conyugal o del que ejercían los padres hacia los hijos. Parece que desde hace algunos años las tornas están cambiando, producto, entre otros factores, de los cambios sociales y en los modelos familiares.
Se trata de una problemática lo suficientemente compleja para no ser simplista, pues tanto padres como hijos son víctimas en alguna medida y tienen su parte de responsabilidad en el problema. No todo es blanco ni negro, no se puede meramente hacer una etiquetación en “agresor” y “víctima” sin que dicha clasificación trivialice parte de los factores explicativos del problema. En relación a estos factores, hay que resaltar que son muchos los que contribuyen a explicar que se llegue a una situación de maltrato filio-parental y ni son los hijos los totales culpables, ni lo son los padres y por supuesto, ambos tienen algo de víctimas.
Para comprender realmente cada problema en cada familia particular hay que hacer un análisis profundo del caso y de las diferentes variables que han podido contribuir a la génesis y el mantenimiento de la situación. Ni todas las familias son iguales, ni lo es el modo en que se da el problema en ellas. No obstante, lo que si hay de común es que estos problemas emergen por la interacción de una serie de variables o factores del contexto social, familiar, escolar y personal de cada hijo y familia, que confluyen y se combinan en cada caso de una manera particular. El modo en que las personas o partes implicadas interactúen, afronten o lidien con dichos factores o variables que caracterizan su situación vital particular, determinará la aparición de un problema o no.

¿De qué estamos hablando cuando nos referimos a maltrato filio-parental?
 Las primeras definiciones del problema surgieron ya hace 10 años y se caracterizan por su brevedad y su falta de concreción, así Harbin y Madden ya en 1979 definieron la violencia filio-parental como ataques físicos o amenazas verbales o no verbales. Posteriormente otros autores añadieron a ello los comportamientos violentos como arañar, lanzar objetos, gritar, golpear, empujar… y otros incorporon a la definición la idea de “repetición” a lo largo del tiempo de dichos comportamientos agresivos. En los últimos años las definiciones han venido siendo cada vez más operativas, asemejándose a las que ya operan en el área del maltrato conyugal. Cottrell, una de las asistentes al congreso y especialista en este campo, realiza en 2001 la siguiente definición de maltrato filio-parental: “Cualquier acto de los hijos que provoque miedo a los padres y que tenga como objetivo hacer daño a estos”. Nos encontraríamos dentro de esta definición general diversas modalidades de maltrato: físico (pegar, empujar, dañar…); psicológico (intimidar, atemorizar…); emocional (mentir, chantajear, amenazar…) y financiero (robar a los padres, dañar la casa o sus pertenencias, incurrir en deudas….)… Paterson, Luntz, Cotton y Perlesz en 2002, apuntan que para que un comportamiento de un hijo pueda ser considerado violento, otros miembros de la familia deben sentirse amenazados, intimidados o controlados ante él.
¿Cuáles es el estado de la cuestión?
Parece que la definición de maltrato filio-parental está relativamente clara pero… ¿cuál es el estado actual de esta problemática?
Las cifras dicen que se trata de un problema en aumento. Cada vez es más frecuente dentro de las familias que los hijos lleven a cabo algún tipo de comportamiento violento o de agresión hacia sus padres. En 2009 los datos decían que se estaba produciendo un aumento tanto de la criminalidad en menores como de la violencia doméstica de hijos a sus progenitores (siendo la cifra de unos 2.966 hijos agresores). Esto permitía concluir que el incremento de los comportamientos violentos en menores y los incidentes relacionados con ellos están aumentando tanto en el contexto externo (fuera de casa) como en el interno (dentro del propio hogar), lo que hace pensar que los factores que explican estos comportamientos no siempre se encuentran solamente ni en el hogar (ej. estilos parentales y relación con los padres), ni meramente en la sociedad (ej. pérdida de respeto generalizado a las figuras de autoridad). Probablemente, como apuntan las investigaciones, el producto final sea resultado de la confluencia de toda una serie de factores, algunos de tipo social y otros más enmarcados en el contexto familiar, además de otras muchas variables. Algunos de estos factores son de tipo general, afectando de manera común a toda la sociedad de menores (ej. cambios en los modelos familiares, cambios sociales, cambios en los valores, cambios en las figuras de autoridad…) o otros serán específicos de cada caso y de cada familia (ej. estatus económico bajo, mal cumplimiento del rol de padres, estilos parentales muy permisivos, poca comunicación familiar, entorno social desfavorecido o conflictivo…).
Los datos también apuntan a que los padres acuden a medidas fiscales como denunciar a sus hijos solamente en casos extremos y a veces se retractan de ello. No obstante, el número de denuncias de padres hacia sus hijos también ha sufrido un incremento en los últimos años, siendo en 2007 de 2.683 y 2010 de 4.995. Estos datos resultan alarmantes y ponen de manifiesto que se hace necesaria una intervención en el problema. Es preciso dotar a los padres o familiares que puedan estar sufriendo este tipo de problemas de recursos de orientación, apoyo e intervención para que no sea necesario llegar al punto de poner una denuncia o de tomar medidas como la salida del menor del hogar y el internamiento en un centro.
Ciertamente existen medidas de intervención intermedias que buscan minimizar los costes que para le relación familiar supondría el llegar a medidas judiciales. Estas medidas pretenden prevenir problemas mayores o atajar el problema cuando éste está emergiendo. El problema es que en muchas ocasiones, de igual modo que ocurre con la violencia conyugal, a la/s personas que lo sufren (en este caso los padres), les cuesta reconocer la situación por la que están pasando, reaccionando sólo cuando la reconducción de la situación es ya difícil (aunque no imposible). En la mayoría de las ocasiones el problema se desarrolla de manera lenta, realizando una escalada hasta conductas cada vez más violentas, que pueden empezar por no cumplir ciertas normas que los padres imponen (por ejemplo el horario de vuelta a casa) hasta llegar a insultar, desacreditar o pegar a los padres. Frecuentemente esta escalada agresiva se produce porque los límites no han sido bien establecidos o no se ha logrado hacerlos cumplir. De este modo el hijo va aprendiendo ya desde pequeño que los límites no tienen ningún valor y que no hay consecuencias negativas derivadas de su incumplimiento. Cada vez van aprendiendo a desautorizar más a los padres, que cada vez se sienten más inhábiles y menos capaces de reconducir la situación y de hacerse respetar.
No podemos olvidar también que cuando los padres ceden ante la conducta desafiante o violenta de su hijo al generarse un conflicto, ambas partes obtiene una consecuencia positiva. En el caso de los padres logran poner fin a la tensión que el conflicto había generado o incluso evitan conductas negativas del hijo (insultos, agresión, ruptura de objetos…) y los hijos, por su parte, logran salirse con la suya y cierta sensación de control. Por esta razón los conflictos se perpetúan: El hijo volverá a recurrir a las conductas agresivas para salirse con la suya, y los padres, ante la falta de cumplimiento del hijo (al que lo que dicen le resbala), terminan cediendo para poner fin a la discusión y terminar con una situación desagradable para todos, o en la que los padres, incluso llegan a sentir temor.
Para que exista una conducta de maltrato, del tipo que sea, debe haber un agresor y un agredido, pero esto no quiere decir que el primero sea el culpable y el segundo sea la víctima, o al menos sin que haya matices en estas afirmaciones. En primer lugar, cuando aparece un problema entre padres e hijos, éste se deriva de una interacción inadecuada entre ambas partes y cuando hay una interacción, ambas partes tienen algo que ver en el modo en que se desarrolla dicha interacción.
Los problemas familiares además no surgen de la noche a la mañana, sino que se van fraguando durante un proceso de interacción lenta entre cada una de las partes. En el modo en que se va produciendo esta interacción juegan un papel importante diversos factores como el estilo educativo de los padres, las habilidades que tienen estos para ejercer su rol, el tiempo y la calidad del mismo que los padres dedican a sus hijos, el tipo de valores que los padres enseñan, la habilidad para poner límites y hacerlos cumplir, el grado de interés que los padres muestran por todo lo que acontece a sus hijos, las amistades que los niños construyen, el tipo de experiencias por las que los niños pasan (posibles contactos con drogas, experiencias inapropiadas para su edad…), el rendimiento académico, otras problemáticas que el niño pueda tener (enfermedades y otros problemas añadidos), las modas y los valores que impone la cultura (cultura del consumo en la que hay que estar constantemente a la moda para ser aceptado por el grupo de iguales), los cambios que se están produciendo en el concepto de familia (cada vez mayor pérdida de los vínculos) y en el concepto de autoridad (se está dando una tendencia a la deslegitimación general de las figuras de autoridad como padres, profesores, adultos), la rapidez de los cambios tecnológicos (las nuevas tecnologías están alterando el modo en que los menores entablen relaciones y el tipo de información a la que pueden acceder, alejando estos terrenos cada vez más del control de los padres)… Como vemos, los factores son muchos y podríamos continuar enumerando.
La tarea del clínico o de la persona que intervenga en este campo será analizar qué factores concretos están influyendo en cada caso y qué peso tienen para después diseñar el modo de intervenir en ellos, ya sea dando pautas a los padres para modificar el modo en que interactúan con sus hijos (ej. cómo conversan, cómo ponen límites, cómo tratan de ejercer control sobre ellos), modificando también las conductas y actitudes de los hijos hacia los padres y la familia, corrigiendo distorsiones en la manera de concebir las relaciones familiares y los deberes y derechos de cada una de las partes (ej. Habrá que hacer entender al menor que igual que tiene unos derechos también tiene unas obligaciones y unas normas que cumplir), tratar de modificar algunas condiciones del contexto que puedan favorecer o agravar el conflicto familiar (fracaso académico, consumo de drogas, malas compañías, falta de habilidades sociales…)…

Arrojando luz sobre el problema…
Los expertos coinciden al afirmar que se trata de un problema del que hay mucho por conocer y por divulgar. La sociedad apenas está empezando a tener conocimiento de la existencia de este tipo de problemas, pese a que son muchos ya los casos y denuncias realizadas. Los servicios y recursos públicos y privados han empezado a aparecer hace unos años, pero aún queda mejorarlos, complementarlos, darles recursos para intervenir en esta problemática, y lo que es más importante, darlos a conocer para que la sociedad pueda hacer uso de los mismos. El código penal también está introduciendo cambios al respecto y los servicios sociales están confeccionando guías y manuales de actuación. (Ej. Guía: La Familia en momentos difíciles)
Respecto a los factores predisponentes, pese a la especificidad individual, los expertos coinciden en señalar una serie de factores que suelen ser comunes a los problemas de violencia o conflicto filio-parental:
·         Cambios en los modelos de familia: Progresivamente se ha ido perdiendo el concepto de unidad pasando a concebirse la familia como un mero instrumento para satisfacer las necesidades de cada uno. Es decir, la familia no tendría sentido por sí misma, sino que se impondría cada individuo por encima de la unidad familiar. El desapego de los miembros es cada vez mayor, a diferencia de la concepción que existía hace algunas décadas.
·         Deterioro en las relaciones familiares: Poco tiempo compartido, poco diálogo y debate…
·         Estilo Educativo de los padres: Educación permisiva, escaso control y monitorización, concesión de excesiva autonomía infantil, poca implicación y dedicación de los padres a la educación de los hijos y a compartir tiempo con ellos… Padres excesivamente sobreprotectores.
·         Menores con experiencias previas de agresión: Han sido ellos mismos agredidos o han visto como uno de los miembros de la familia agredía a otro. No olvidemos que los menores aprenden muchos de sus comportamientos por imitación de otros.
·         Padres con relaciones conyugales muy conflictivas
·         Menores con poca tolerancia a la frustración y con necesidad de inmediatez a la hora de lograr las cosas: Lo quieren todo y lo quieren ya.
·         Menores con problemas escolares.
·         Menores con problemas de consumo de tóxicos.

Otras conclusión a la que llegan algunos expertos es que se ha visto que el nivel educativo y adquisitivo de la familia no son los que mejor explican la existencia o no de conflictos filio-parentales, aunque sí influyen en las consecuencias que de estos conflictos se derivan y en las soluciones que se les pueden buscar. De esta manera, cuanto mayor sea el conocimiento y la capacidad económica dentro de una familia, mayor será la conciencia de problema que se tenga, la capacidad de movilizarse para buscar ayuda y la capacidad económica para acceder a recursos de intervención. (Ej. en casos de consumo de drogas o de problemas de conducta de los hijos). Por otro lado, parece que la falta de control parental, las frecuentes discusiones con los hijos y el estilo educativo permisivo son las variables más relevantes del contexto familiar a la hora de explicar el comportamiento inadecuado del niño a nivel social (no cumplimiento de normas, agresiones, actos delictivos…). Por el contrario, familias con alto grado de cohesión, que refuerzan los comportamientos correctos, imponen normas, comparten tiempo con los hijos y dedican tiempo a su educación, correlacionan con bajos niveles de conflictividad en los hijos.
La forma en la que los padres interactúan con sus hijos y la falta de habilidades por parte de estos para enseñarles valores, normas y habilidades básicas para desenvolverse y convivir en su entorno se ha destacado como uno de los principales puntos a intervenir, no sólo cuando ya existe el problema, sino como método de prevención de conflictos posteriores. Una de las cosas en la que más coinciden los expertos es que los padres no sólo son parte del problema, sino también una parte clave para su solución.

Para más información sobre lo tratado en este congreso pueden consultar el siguiente enlace:

http://marinagbiber.wordpress.com/2011/09/23/hijos-que-abusan-de-sus-padres/